Al condenarse a viajar en autobús el resto de su carrera política, Beatriz Talegón ha puesto el listón muy alto. No me entiendan mal: no hay nada malo en ello, pero con su discurso contra la hipocresía del establishment, Talegón ha dado el paso más arriesgado para un político, que es condenarse a la coherencia. Renunciar al fasto y a viajar en primera clase a cuenta del erario público parece de sentido común en estos días de austeridad. Pero su discurso en el hotel de cinco estrellas contra las cinco estrellas del hotel dejó a los socialistas pasmados, que es la cara oficial que se le pone a los políticos cuando les regañan sin aviso y con la cámara lista para Youtube.
No ha pasado ni una semana y Talegón ya ha tenido que enfrentarse al juicio de la calle, que la despidió a gritos cuando le vio aparecer junto a un ex-ministro. La calle se ha vuelto pejiguera y no sabe que la voz de Talegón es la voz de uno de los suyos, uno de los nuestros, al menos, mientras resista la tentación de aceptar el cargo que están a punto de ofrecerle. Hay que reconocerle coraje a quien invitan a dar un discurso y termina sonrojando a sus anfitriones. Bien hecho está.
Dijo Kissinger, un experto hipócrita que sabía de lo que hablaba, que un país que exige perfección moral para sí mismo como prueba de su política exterior, no logrará ni la perfección ni la seguridad*. Al criticar la incoherencia de esos dirigentes que predican una cosa y hacen la contraria, la camarada Talegón se ha condenado a la misma perfección moral. Si algún día cae en la tentación de sentarse en el coche oficial, probablemente será injusto juzgarla por unas palabras que pronunció ante un auditorio repleto de hipócritas. Talegón merece el beneficio de la duda aunque solo sea por el valor de dar un discurso sin papeles, pero nadie está a salvo de las hemerotecas. Y no hay nada más difícil que vivir fiel a unos principios sin pestañear. Buena suerte.
* La cita en inglés es ‘A country that demands moral perfection for itself as a test of its foreign policy, will achieve neither perfection nor security’.

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