Decía Cervantes de los rufianes que eran hombres de vida airada. En la antigua Roma se llamaba así a los proxenetas. Con el tiempo, el término se amplió para designar a quienes viven del abuso, del desprecio y la humillación ajena: toda persona sin honor, perversa, despreciable, según la RAE.
Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, ha hecho de su apellido una forma de estar en política. En las últimas semanas ha sido noticia por llamar “psicópata y miserable” al ex-presidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, y por hacer llorar a la senadora y ex-consellera Salomé Pradas durante su comparecencia en el Congreso para dar cuenta de la gestión de la DANA que golpeó Valencia en 2024.
Hoy el rufianismo ya no es solo un rasgo de carácter ni un vicio privado, sino una forma de ocupar el espacio público basada en el insulto y la crueldad verbal. Los rufianes no están en política para defender sus ideas, sino para hacer daño a quien no las comparte. Son tipos fanáticos y, por tanto, peligrosos. Aprovechan cualquier oportunidad para sacar ventaja política. Convierten la indecencia en espectáculo televisivo, en materia prima para memes.
El precio que pagamos es una degradación del debate público y un embrutecimiento de la política. La forma más peligrosa de rufianismo, sin embargo, tiene apariencia de disidencia. Hemos visto practicarla a la izquierda y la derecha. Funciona retóricamente, pero está hueca: es puro andamiaje, forma sin fondo, griterío. Y además está llena de hipocresía.
El político que clama contra la invasión de los extranjeros, y luego contrata a una mujer inmigrante para cuidar de su padre anciano. El independentista catalán que denuncia el expolio fiscal español, mientras se embolsa más de un millón de euros brutos como un derecho garantizado por el Estado del que quieres independizarse.
Es difícil combatir a los rufianes sin poner en peligro el pensamiento libre, o el derecho de otros a expresar lo que podría repugnarnos. En un sentido, es trágico. Pues la democracia no tiene forma justa de protegernos contra la irracionalidad, la mediocridad o la estupidez cuando estas son votadas.
Hay algo más peligroso todavía: normalizar el insulto, el desprecio y la falta de escrúpulos. La vida pública debería ser un espacio de mayor contención. Pero cuando esta forma de expresarse se despliega repetidamente y sin pudor —con cámaras, normas y consecuencias— no estamos ante un accidente, sino ante una elección. Y si esto es lo que hacen a la vista de todos, ¿qué límites tendrán en privado?