La burbuja de la gomina está a punto de reventar. En la última década hemos acabado con el stock de fijador, al igual que arramblamos con todos los metros cuadrados disponibles para construir. Hemos vivido, por supuesto, por encima de nuestras reservas. Pero el tiempo en el que engominarse hasta el cogote era una señal inequívoca de éxito está a un pelo de acabarse. En cuanto caiga Bárcenas, se desploman los precios del fijador.
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Derecho a la estupidez
El derecho a la ignorancia, o a ser estúpido si se quiere, es la última conquista social pendiente. Bien pensado, es un derecho al que todos nos hemos acogido alguna vez en la vida, pero pocas veces se ha demostrado con tanto ahínco que ser tonto está infravalorado. En tiempo de ajustes, unos opositores se atrevieron a desafiar el statu quo y a proclamar que, por mucho que nos empeñemos, hay algo que no se recorta: nuestra libertad para ignorar lo que exigimos a los niños de 12 años; y está bien si así se quiere, siempre y cuando el que reclame esa libertad no sea el profesor que debe exigir lo que ignora. Por ejemplo, el equivalente en gramos a dos kilogramos y 30 gramos.
Chávez paró el reloj
Se diría que Hugo Chávez llegó al poder casi por destino y se ha marchado a pesar de él. En su primer discurso como Presidente ante la Asamblea Nacional aclaró que él y su proyecto no eran la causa, sino la consecuencia de una larga crisis anterior (“yo no soy causa, soy consecuencia”, Discurso de investidura, 2 de febrero de 1999), algo que repetiría con frecuencia a lo largo de sus casi 14 años de mandato. Cuando Chávez tomó posesión de su cargo por primera vez en 1999, Venezuela era un país profundamente desigual, con una pobreza lacerante, corrupto y dividido del que efectivamente solo podían esperarse consecuencias.
Los puños de Olli, o por qué es necesaria más austeridad
Un breve ensayo sobre la ortodoxia económica
Me imagino a Olli Rehn* recibiendo portadas como puñetazos cada mañana en su despacho, mientras sus asesores entran y salen para discutir cómo explican una vez más lo inexplicable. Es decir, que tras miles de millones de euros inyectados en el sistema, años de ajustes y varios gobiernos cayendo como un castillo de naipes, nada cambie. Así, es posible que para muchos Rehn represente la ortodoxia económica europea del momento y es probable que no se equivoquen. No seré yo quien entre en el fondo de un asunto que a estas alturas ya debe ser materia de estudio obligatoria en los colegios: Austeridad, mala; crecimiento, bueno.
Talegón, condenada al autobús
Al condenarse a viajar en autobús el resto de su carrera política, Beatriz Talegón ha puesto el listón muy alto. No me entiendan mal: no hay nada malo en ello, pero con su discurso contra la hipocresía del establishment, Talegón ha dado el paso más arriesgado para un político, que es condenarse a la coherencia. Renunciar al fasto y a viajar en primera clase a cuenta del erario público parece de sentido común en estos días de austeridad. Pero su discurso en el hotel de cinco estrellas contra las cinco estrellas del hotel dejó a los socialistas pasmados, que es la cara oficial que se le pone a los políticos cuando les regañan sin aviso y con la cámara lista para Youtube.
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