Agresiones

Según la Fiscalía, Jenni Hermoso sufrió una agresión sexual el 20 de agosto a las 12:00 (hora española). Estaba celebrando un título junto a sus compañeras cuando un hombre le dio un beso en la boca. El hombre la besó delante de la Reina de España, la Infanta Sofía, el presidente de la FIFA, más de 75.000 asistentes y millones de telespectadores. 

Sandra Peña tenía 14 años. El 14 de octubre de 2025 se suicidó en Sevilla tras salir del colegio. Según su familia, tres compañeras acosaron a Sandra durante al menos un año.

El pico de Jenni Hermoso provocó la dimisión de quien la besó, Luis Rubiales; su huida de España; un juicio mediático; cientos de declaraciones públicas y artículos en su contra; una condena por agresión sexual y el ostracismo social.

La muerte de Sandra ha provocado un dolor irreparable a sus familiares y la indignación de conocidos y allegados. A estas alturas la Fiscalía sigue investigando y nadie -que sepamos- ha dimitido. Más allá del minuto de silencio, ningún político del Gobierno, la Junta o el Ayuntamiento ha pedido salir a la calle al grito de STOP ACOSO o “no es no”. Y los ecos mediáticos de la tragedia se han ido difuminando en las secciones de Sucesos y Tribunales.

Estos dos casos plantean preguntas incómodas. Por ejemplo, sabemos en qué lugar dejó aquel beso a Luis Rubiales. ¿Pero en qué lugar debió dejar a las testigos? Las cámaras mostraron a los presentes aplaudiendo, sonriendo, celebrando o desfilando delante de las autoridades. Tras el beso, nadie hizo nada distinto a lo que ya estaban haciendo. ¿Por qué las testigos, incluyendo la Reina, permanecieron impasibles? ¿no las convirtió esa inacción en cómplices de un delito ante el que no hicieron nada?

Quizás la agresión no tuviera lugar en directo, sino en diferido. Y esto explicaría el escándalo mayúsculo del día siguiente. Pero, ¿cómo reaccionó la víctima? Lo pudimos ver en directo y también sabemos -porque se publicó el vídeo- que la propia Jenni Hermoso bromeó en el autocar de vuelta comparando el momento del pico con el beso entre Iker Casillas y la periodista Sara Carbonero al grito coral de “¡Beso!, ¡beso!” y “¡Presi!, ¡presi!”.

¿Por qué insistir entonces en llamarlo agresión sexual? Fue, sin ninguna duda, un pico inoportuno, innecesario, y añadan aquí el adjetivo más fuerte que deseen. A pesar de ello, Jennifer Hermoso ha podido seguir con su vida de jugadora profesional. Y hace unos días levantó un nuevo trofeo con la selección española.

Sandra no podrá levantar ningún trofeo porque el lugar donde más segura debía sentirse -después de su propia casa- se convirtió en un infierno para ella. ¿Cuántas personas, durante cuánto tiempo, fueron testigos del acoso en su colegio? Un año, si lo midiéramos en el tiempo que dura un beso, es mucho tiempo. El día después de la tragedia, un profesor salió hablando por televisión. Dijo, con rostro serio y al parecer convencido, que no saben qué hacer ante una agresión entre adolescentes. Si le hubieran hecho una pregunta más, hubiera acabado declarando que no tienen recursos suficientes.

Jódete.

¿Qué necesitas saber para detener una agresión? ¿Qué recursos necesitas para tomarte en serio dos denuncias de acoso? Solo necesitas tus ojos para ver lo que pasa en clase, o en el pasillo que recorres cada día, y la voluntad de hacer algo. Nada más.

Como en tantos casos de acoso escolar, se pasarán la pelota unos a otros. Nadie ha pedido perdón, nadie ha reconocido su responsabilidad y nadie ha sido capaz de explicar por qué fallaron las personas, en lugar de los protocolos.

Exageramos lo banal y minimizamos la tragedia. Que un pico remueva medio país, y el suicidio por acoso de una niña inocente no acabe en una ola de indignación, es algo incomprensible. Escalamos un beso no consentido a agresión sexual y rebajamos a “protocolos” el acoso escolar que lleva a los niños al trauma o a la muerte.

El problema no es lo que nos indigna, sino lo que ya no somos capaces de ver.

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