“Estos comportamientos no tienen cabida en ningún partido, y menos en el Partido Socialista”. Así ha despachado Ana Redondo, ministra de Igualdad, las recientes revelaciones sobre el “asqueroso” y “deleznable” comportamiento de un tal Francisco Salazar en la Moncloa. Pero caber, por lo que sabemos, han cabido todos: desde puteros y fiesteros hasta salidos y pervertidos.
Llueve sobre mojado. Porque Ábalos -ese gran desconocido con quien Sánchez recorrió media España en un Peugeot- comportamientos tuvo, y muchos: en el PSOE, en el Ministerio, en los Paradores y en el Caribe.
Esta izquierda se enfrenta, una y otra vez, al problema de dar lecciones morales que no puede aplicarse. Pedir a la gente que vivan como ellos no pueden vivir. Lo tengo dicho: le pasó a Iglesias, a Errejón y a una tal Talegón. El problema no tiene que ver con los individuos. No son ellos, sino su forma de estar en política la que se vuelve problemática.
¿Y qué tendrá que ver esto con los casos de perversión y acoso sexual? Pues poco y todo. Cuando un político o un partido se presenta públicamente como el abanderado del feminismo, hay que estar a la altura. Hay que refrendar en privado (sin cámaras) lo que se dice en público. ¿Qué mejor prueba hay de honestidad si no?
El problema, por tanto, no es decirlo, sino decirlo tan alto. Por algo la humildad es una virtud capital. Pues cuando vienen los problemas, hace más fácil reconocer que los otros también aciertan, y nosotros también nos equivocamos. Y que no somos los mejores, pero tampoco los peores.
Si según la ministra de Igualdad, “lo importante es cómo se reacciona”, el PSOE tiene un serio problema. Porque o tienen tantos casos que no tienen tiempo de reaccionar, o sus reacciones no tienen ningún efecto. De lo contrario, es difícil explicar que detrás de un Ábalos, haya un Salazar, y detrás de un Salazar vaya un Navarro de Torremolinos. La conclusión parece obvia: o no das abasto ante tanto caso, o reaccionas muy mal.
Al menos, he detectado un patrón en las reacciones: despachan con adjetivos gruesos. “Deleznable”, “asqueroso”, “vomitivo”, “un gran desconocido”. Este, por supuesto, es un síntoma del postureo moral. Con el tiempo, uno ha aprendido a no abanderar casi nada; quizás al equipo de fútbol de tu hijo o la denominación de origen de la paella. Para todo lo demás, es mejor dejar el postureo en Instagram, que el moral, a la larga, sale muy caro.