Las víctimas también se equivocan

A veces el dolor se convierte en rabia y la rabia busca culpables. Pero confundir la responsabilidad con el asesinato es un salto moral peligroso.

En el funeral de Estado por las víctimas de la DANA en Valencia, algunas personas gritaron “asesino”, “desgraciado”, “cobarde” y “rata” al expresidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón. Es imposible no entender la rabia de quien ha perdido a un padre, una madre, un hijo o un hermano. Buscamos culpables cuando la realidad se vuelve insoportable. Pero estas víctimas se equivocan.

Mazón tiene una responsabilidad política que asumió -demasiado tarde- ante los ciudadanos. Y si la Justicia determina que hubo responsabilidades penales, deberá responder también ante los tribunales. Pudo llegar antes al CECOPI, pudo actuar de otra manera, pudo tomar mejores decisiones y pudo haber estado donde debía estar. Todo eso merece investigación, crítica y consecuencias. Pero nada de eso lo convierte en un asesino.

La diferencia no es menor. Un responsable político puede ser negligente, incompetente, frívolo o indigno del cargo. Puede haber fallado gravemente. Puede incluso tener que dimitir. Pero llamar asesinato a una tragedia causada por una acumulación de fallos, decisiones, imprevisiones y circunstancias extremas es cruzar una frontera moral peligrosa.

Nadie sabe con certeza cuántas vidas se habrían salvado si Mazón hubiera llegado una hora antes. Nadie puede afirmar honestamente que, con otra agenda, con otra llamada o con otra reunión, las 229 personas fallecidas seguirían vivas. Esa incertidumbre no lo exonera de responsabilidad política. Pero sí impide convertirlo en el autor directo de cada muerte.

El dolor tiene derecho a ser escuchado. Las víctimas tienen derecho a exigir explicaciones, dimisiones, reparación y justicia. Pero ningún dolor convierte cualquier acusación en justa. Llamarle asesino al grito de “rata” y “has matado a nuestros familiares” es una forma de linchamiento. Cuando cruzamos esa frontera, dejamos de pedir verdad y empezamos a pedir venganza.

Estoy seguro de que ninguna de las personas que llamaron asesino a Mazón querría, en el fondo, vivir en un mundo en el que un solo político tuviera el poder real de decidir quién vive y quién muere. No le atribuyamos a nadie ese poder ni esa carga. Los gobernantes pueden equivocarse gravemente, actuar con negligencia y merecer la condena política o judicial. Pero es más difícil aceptar que algunas catástrofes no caben en una sola culpa, aunque haya culpables.

Algunas víctimas, rotas por el dolor, se equivocaron al llamar asesino a Mazón. Decir esto no es defenderlo. Es defender una idea elemental: incluso la rabia más legítima tiene límites morales.

Deja un comentario