Plantar un pino es gratis

Este año Valencia es Capital Verde Europea. Quizás por eso se ha convertido en una ciudad donde te bajas los pantalones y plantas un pino donde te plazca. Visto desde un punto de vista ecologista, podría ser positivo: los jardines se mantienen vivos y la vegetación crece más verde allí donde más pinos se plantan. Desde cualquier otro punto de vista, es un problema asqueroso de salud pública. Te descuidas un momento mirando el móvil y pisas una mina. El resto del día caminas con la dignidad rota.

Uno de los mayores campos minados está en el parque del Antiguo Hospital, junto al MUVIM. Hay, además, una gran variedad: humanas y caninas, autóctonas e importadas, de colores y consistencias diversas. Si alguna se analizara en un laboratorio, encontrarían más más estupefacientes que en el puerto de Algeciras. Lo sé porque el perro de un amigo se comió una y acabó hospitalizado, con un colocón al borde de la sobredosis. Pero si mi perro levanta la pata y riega una planta, el policía local me pregunta si llevo agua. Porque si no llevo la botella —me recuerda— el reglamento dice que tendrá que multarme.

El problema no es solo que las mierdas huelan. El problema es que el cauce del río parece, a ratos, un váter sin paredes. Hay zonas de acampada bajo los puentes y entre la arboleda. Pasear al perro a primera hora de la mañana es una expedición de riesgo: no sabes si al lanzarle la pelota volverá con un tampón, una jeringuilla o una boñiga entre los dientes. Te acercas a una fuente y el olor a orín te devuelve a ese baño de gasolinera en pleno agosto en el que decidiste no entrar.

Hubo un tiempo en que bajo el Puente del Real pudo haberse rodado una secuela de The Walking Dead sin contratar figurantes. Al caer el sol, asomaban figuras pálidas, demacradas, con perros sarnosos alrededor, mientras algunos se pinchaban el brazo a la vista de cualquiera, en medio de un paisaje de cartones, mantas y restos de basura. Acérquese un día y se preguntará cómo puede vivir un ser humano en esas condiciones. Y cómo nos fuimos acostumbrando a mirar hacia otro lado.

Por desgracia, por allí ya no paran ni las ratas.

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