A veces el dolor se convierte en rabia y la rabia busca culpables. Pero confundir la responsabilidad con el asesinato es un salto moral peligroso.
En el funeral de Estado por las víctimas de la DANA en Valencia, se escuchó a varias personas gritarle “asesino”, “desgraciado”, “cobarde” y “rata” al ex presidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón. La impotencia busca culpables cuando la realidad se vuelve insoportable. Pero, aunque podamos entender su rabia y frustración, estas víctimas se equivocan.
Mazón pudo haber llegado antes al CECOPI, pudo haber salido antes del Ventorro, pudo haber actuado de otra manera, pudo haber hecho muchas cosas mejor. Pero él no ha matado a nadie. Lo que ocurrió el 29 de octubre fue una tragedia. Pero aquella tragedia fue el resultado de un cúmulo de circunstancias, fallos y mala suerte. Conviene recordarlo porque no hubo una sola causa ni un único responsable.
Mazón tiene una responsabilidad política. Por eso debió dimitir antes, y por eso ha dimitido ahora. También se le juzgará, si así lo considera la jueza, en un tribunal. Pero Carlos Mazón no es un asesino. Quien crea lo contrario, o insista en que él solo ha matado a 229 personas en la Comunidad Valenciana, es alguien que ha perdido el sentido de la proporción moral o que está cegado por el dolor.
Hay personas que desearían ver muerto a Mazón, pero habría que decirles que llamarle asesino al grito de “rata” y “has matado a nuestros familiares” no es justicia: es linchamiento. Y normalizar estas actitudes nos degrada a todos como sociedad.
Una víctima tiene el derecho supremo a desahogarse y a ser escuchada, pero ese derecho no la hace inmune al error. Con estas palabras, algunas víctimas están haciendo más daño, porque no hay nada —absolutamente nada— que vaya a cambiar la realidad de que 229 personas han muerto.
Asumir la responsabilidad política es una obligación de los políticos; la responsabilidad jurídica, cuando llegue, será su obligación legal. Pero hay un abismo moral entre ser un responsable político de la tragedia y un asesino. Y quien no entienda esta diferencia no está capacitado para el juicio moral ni debería representar a nadie.
Por eso es importante diferenciar la responsabilidad política de la legal y la moral. Y, aún diferenciándolas, es vital no confundirlas con el asesinato. De lo contrario, nos convertimos en una sociedad tribal, moralmente enferma y llena de odio. Y el odio y el tribalismo solo nos llevan a las tinieblas.
Ninguna de las personas que llamaron asesino a Mazón desearía vivir en un mundo en el que un político tuviera el poder de decidir quién vive y quién muere. Por tanto, no le demos a nadie ese poder ni esa carga. En España, los políticos cometen errores, a veces muy graves, pero no asesinan. Si olvidamos esta diferencia, la tragedia se convertirá en fanatismo.
Y algunas víctimas, por desgracia, se están equivocando.